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miércoles, 1 de abril de 2015

Clarín, Máximo, y la máxima de Clarín...


En un formidable cañonazo por la culata, ayer el Grupo Clarín instaló a nivel nacional la figura de Máximo Kirchner, posicionándolo como un dirigente lúcido, maduro, calmo, y promisorio. 
Querían hundirlo, y lo encumbraron; querían acabarlo, y se acabaron. 
¿Qué falló?



Con enemigos así…






Dicen que pertenece a don Vicente Leonidas Saadi la frase que su ahijado político Carlos Menem tanto repetía siempre: “en política, el que se calienta pierde”.
Ayer el Grupo Clarín llevó el axioma al bronce, para que nunca se borre de la memoria de los argentinos.
En un formidable cañonazo por la culata, ayer Clarín, con su monopólica fuerza, lanzó a nivel nacional –y muy exitosamente por cierto- la figura de Máximo Kirchner. Tan luego ellos, tan luego a él.
Quisieron hundirlo, y lo encumbraron. Pensaron acabarlo, y lo iniciaron.
Peor aún: quisieron hundirlo, y se hundieron; quisieron acabarlo, y se acabaron.
¿Qué falló?
En pocas horas voces opositoras, ya no oficialistas, hacían cola para pegarles. Jorge Asis los basureaba por twitter, “nabos”, les decía; Zlotogwiazda se indignaba por el “festival de potenciales” (Máximo dixit), mientras disecaba la noticia y no dejaba nada; Gustavo Noriega, antiká rabioso, desde La Once Diez –radio del gobierno de la Ciudad-, se agarraba la cabeza viendo la sombra siniestra del hijo de Néstor y Cristina cubrir ya toda la patria; mientras Hugo Alconoda Mon, desde La Nazión, recomendaba “cautela” porque la información estaba llena de “inconsistencias”, denunciando además que ellos ya la tenían desde 2011, pero debido a esas inconsistencias, la habían guardado.
A esa hora, de Clarín ya no quedaba nada. Por la mañana, Máximo había hablado con Víctor Hugo Morales en una repentina cadena nacional que proyectaba su voz allende los corazones. Con el correr de los minutos el papelón periodístico se volvía inolvidable por histórico, y ahora todo el país saludaba el saludable nacimiento político de Máximo Kirchner, un pura sangre robusto, firme, calmo, lúcido, y responsable de la organización juvenil más importante surgida durante la democracia moderna. Clarín no decía nada. Absortó, atónito, se miraba el agujero del propio balazo en el propio pie.
¿Qué falló?
Falló la aventura. La intrépida aventura que jamás en la historia del mundo diario alguno intentó.
La aventura emprendida en 1977, cuando a cambio de encubrir el genocidio, se adueñaron de Papel Prensa, y ya convertidos en monopolio, abandonaron la práctica esencial del oficio periodístico confiados para siempre en la prepotencia de su volumen. Una aventura asaz riesgosa, que tuvo su cuarto de hora –Menem, rendido, les entregó los canales y las radios para no terminar como Alfonsín-, pero que al cabo acaba así: El Grupo, sus productos, sin credibilidad ni prestigio; la marca y sus dueños bañados en sangre de genocidio; y el volumen aquel en cuya prepotencia confiaron, ya condenado a su reducción por una ley impulsada por el Ejecutivo, aprobada por el Congreso, y refrendada por la Corte Suprema de Justicia. Así acaba la aventura.
Hoy todo lo que vemos es la inercia de aquella mentira inmensa que no para de rodar cuesta abajo, y que más monstruosa se vuelve en su caída. Ni era un santo Nisman, ni era real su denuncia, ni Cristina es miembro de Al Qaeda, ni hay esas cuentas ahora, ni llueve cuando dicen que llueve…
Eso falló.
Olvidados del periodismo, confiados en su tamaño, hicieron de la mentira su mejor arma, y un día una demasiado grande, les explotó en las manos.
Y chau.
Y no quedó nada.
Quedó eso que vemos ahora: un diario al que ya no le creen ni los que le creen.